Las Puertas Del Infierno: Página 1

              Aquí se presenta la novela corta de Antonio Soler, Las Puertas del Infierno. Soler nos cuenta la historia de tres niños, Antonio "Pájaro" Solé, Sepúlveda Reyes "Cienmocos" y Bautista Conde "El Bau" quienes empiezan saber del "infierno" del mundo. El narrador es Solé y sigue contando la mala suerte que tiene Cienmocos y como ellos navegan sus primeras vistas al inferno. Una historia emocional, poderoso y fuerte, Las Puertas del Infierno nos hace pensar en nuestras propias infancias y también nuestras propias primeras vistas a lo malo en el mundo. 

 

LAS PUERTAS DEL INFIERNO

 

 

            Quiero recordar cómo fue aquella parte de mi vida en la que el tiempo era inmóvil y transparente, aquellos días de los que apenas sobreviven unas imágenes enterradas en las umbrías mazmorras que hay en lo mas hondo de mi memoria y que allí duermen como si a mí ya me hubiera ganado la muerte y todos mis recuerdos y mis pensamientos y mis ideas y mis sentimientos se desvanecieran en un polvo ligero y volátil. Vuelto a la pluma y a su manejo para contar la historia del ciego Rinela y para escribir por encargo del Rata su encuentro  con Machuca, al avanzar por los sucesos de otro tiempo  me he dado cuenta de que al ponerlos en el papel uno tiene la sensación de vivirlos por vez primera en toda su plenitud, que aquel esbozo de vida que tuvimos no es más que un apunte, un primer calco necesitado de un repaso para cobrar su verdadera dimensión y relieve.

 

            Atraviesa mi memoria cientos y miles de días en un viaje que no me parece hacia atrás, sino hacia los lados de la mente, como si la vida entera avanzara al mismo compás en sus diferentes épocas, latiendo todos los corazones que tuvimos al mismo tiempo, en  el mismo  instante  enroscándonos  en la cuna  y reptando en la oscuridad sobre el cuerpo desnudo de una mujer o huyendo de las pesadillas de la soledad. Allí estamos, en el final de aquel  tiempo inmóvil, justo cuando la vida se lanzaba a una carrera absurda, el Bau, Cienmocos y yo, o alguien menudo  y con la piel clara que tenía mi nombre y sobre el que los años y la química construyeron lo que ahora soy, un hombre al que todos creen cansado y solitario, y allí está mi madre en medio de un patio en el que crecían racimos de margaritas,  y mi propia imagen asomada al estanque de la fundición que había frente a mi casa, flotando, en el agua verde y turbia,  allí están los sillones de terciopelo rojo y el olor a cera y perfume antiguo  que ondeaba en la casa del Bau, la ropa desgastada y nunca limpia del Mocos, la figura misteriosa de su madre, invisible, y aquellos cuerpos desnudos que se retorcían en las cuevas del infierno y que durante  tantas  tardes  nos sedujeron  con sus contorsiones y gestos de dolor.

 

            Siempre he tenido la sensación de subir a trenes que ya estaban en marcha, de instalarme en un viaje que lleva cumplida  una parte importante de su trayecto y donde ya sólo cabe esperar el final del mismo. Adivino con facilidad el momento exacto en que un reloj detendrá sus manecillas, pero jamás he podido sospechar qué tiempos  ni horas, qué misterios  del pasado han marcado sus agujas. De este modo,  no puedo precisar si esa historia que flota allí en lo hondo de mi memoria, tuvo alguna vez comienzo, pero sí sé a partir de qué instante todo lo que me rodeaba comenzó a desmoronarse y a cuajarse de grietas. Sé que fue en el instante en que yo, o aquel que yo era, levantó la vista del pupitre y miró de reojo el castigo que doña Carmen aplicaba a Cienmocos, Sepúlveda Reyes, aquel niño huesudo y moreno que había crecido a mi sombra, o yo a la suya, y mis ojos fueron a cruzarse con los del Bau, desacostumbrados a contemplar tan rigurosos castigos como el que doña Carmen empleaba con Cienmocos. Y también aquel rayo fugaz, aquella mirada me pareció algo viejo y conocido a pesar de que aquel niño de pelos brillantes y lujosamente tiesos con el que cruce la vista, el Bau, era nuevo en el colegio y había llegado, como yo años antes, cuando el curso llevaba semanas empezado, formando pareja con un niño delgado y casi mudo, al que todos señalaban como el hijo de un asesino, tan distinto  del Bau, instalado en el colegio con la escolta de un padre con corbata y las uñas limpias y de color rosa, como las de una mujer  joven. Así, si a todo aquello que habría de suceder en las semanas siguientes quiere dársele inicio, éste se encuentra en los golpes que Cienmocos recibió de la directora, en la ira desatada de esa mujer yen la mirada que el Bau, incrédulo y piadoso, depositó en mi persona. Y cuando ese día, en la fila del retrete marchábamos pegados a la pared como presos, como siempre, y los tres miramos a Conchi Canca y nos reímos de sus tirabuzones, ya había una complicidad antigua estrechando a aquel recién llegado con Cienmocos, todavía con las greñas revueltas por los golpes, y conmigo  mismo.

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